martes, 22 de diciembre de 2009

Papá Noel

Este relato ( incluido en "La luna y el canal grande") es mi saludo de fin de año. Espero lo disfruten y pasen fiestas en paz y armonía, y alegría.... y todo eso.
Un abrazo gigante a todos (ya saben, con brazos laaargos, laaargos)
Nos vemos en el 2010. Felicidades y garcias por estar ahí.

Papá Noel

(En memoria de mi amigo Eduardo Soto)

Papá Noel suda detrás de la barba blanca, entre los fantasmas serpenteantes que el calor despega del cemento. Agitando la campanita en la vereda (a la entrada del kiosco) alguno que otro “jo jo jo” soltado a los transeúntes dejaba escapar vahos de cerveza.

- Dale un besito… A ver, una risita - Las viejas chochas con la postal navideña de los nietitos con el sufrido viejo pascuero.

Los pibes arrugan la nariz cuando el gordo los besa, y abanican con la mano dispersando los vapores del fermento. Reminiscencias de lúpulo y cebada se escurren por esa ventana abierta que es la ausencia de dos dientes, y obra en desmedro de la sonrisa de Papá Noel.

El gordo Soto entró al kiosco y pasó al baño. De cara al espejo se borró el sudor usando la barba postiza como pañuelo. El empleado le hizo una seña desde el mostrador -El dueño salió- Soto encaró el freezer y de un trago liquidó el asunto pendiente con media cerveza que hace unos minutos lo había retado a duelo, disimulada en el estante superior de la heladera, entre los envases llenos para que el patrón no se diera cuenta.

El traje rojo y las botas negras concentraban todo el ardor de la hora sin sombra. Y dejaban la impronta del incendio en la planta de los pies, la espalda y las axilas del viejo pascuero. Familias enteras en los autos, con las ventanillas abiertas y abanicándose, lo señalaban desde el infierno que era esperar el semáforo, dejándole antes de partir la sonrisa ilusionada de los niños y el aire socarrón de los conductores. Los vendedores ambulantes rebalsados de pirotecnia ilegal saludaban con cierta solemnidad, conciencia de clase tal vez, o la pena de ver al Cristo ese al rajo del sol en la tarde sin Magdalenas que lo refresquen.

Pasan las chicas en bicicleta sonriendo a Papá Noel. El gordo saluda agitando la campanita y entrecerrando los ojos, para enfocar mejor el bamboleo insinuante de las calzas sobre los diminutos asientos. Al centro, hacia la plaza van, a buscar un lugar bajo las copas gigantes de los eucaliptos, y mirar y mostrarse hasta que el sol baje y se pueda respirar en las casitas hacinadas del barrio.

Papá Noel murió y resucitó varias veces esa tarde entre el calor y la cerveza. Los párpados pegajosos le pesaban. Las botas y el traje le pesaban. El calor, y llevarse puesto en su propio cuero le pesaba.

Él los ve pasar y responde a cada saludo -Que lo parió – Pensaba el gordo mientras sonreía agitando la campanita, harto de la tarde interminable y el caldo hirviente de sus botas negras.

Con el crepúsculo fueron llegando. Primero dos tipos pasaron serios frente al kiosco, cargando un par de bultos de trapo arrollados sobre sus espaldas. Un tercero los seguía con un redoblante.

Papá Noel, serio, los sigue con la mirada y la campanita se agitó cada vez menos hasta quedar en silencio. Toda la vereda fue silencio por un rato.

– Y la van a hacer nomás- se dijo, mientras intentaba rascarse la planta del pie metiendo un palo en la bota.

Ya se venía avisando, los otros comerciantes por las dudas habían acordado la estrategia de cerrar antes, o poner banderas argentinas en las vidrieras como señal de apoyo. Pero el dueño del kiosco no quiso tocar el tema. Fue siempre indiferente, cuando no despectivo hacia esas cosas.

A pocas cuadras se desplegaban las banderas y llegaban algunos bombos. La manifestación era un hecho.

Papá Noel los conoce, son de la misma repartición pública donde trabaja él, que toma la changa del kiosco después de cumplir su horario para asegurarse así un ingreso, que por magro que fuera, salvaría algunas papas a la hora del menú navideño. El dueño del kiosco volvió a salir, y papá Noel se escabulló por otra cerveza “a cuenta”…

La Navidad negra, así la llamaron. Una generosa protesta en la víspera de fin de año a contramano de la calle y del espíritu navideño. Soto estuvo en la asamblea donde los trabajadores decidieron hacer la marcha reclamando los tres meses sin cobrar.

Si no pagan para las fiestas se le incendia la provincia- dijeron al gobernador sus alcahuetes.

- Que va, son cuatro idiotas que no tienen huevos- Contestó éste en ronda de prensa con aire de capo mafia.

Los ánimos estaban caldeados, Soto sabía que punteros y ñoquis andaban ya repartiendo sidras y pan dulce a algunos empleados para tenerlos quietos el día de la marcha. Había que sumar ahora el insulto del gobernador y el alerta por bajo cuerda a los matones de Comité, que solo se movían por trabajos “especiales”.

- Es al pedo - dijo Soto en la asamblea - No va a ir nadie, ya están manejando a la gente para eso.

- ¡A nosotros no nos maneja nadie!- Gritó uno desde el fondo con la mano levantada.

- A nosotros nos van a reventar a palos- Sentenció monocorde y por lo bajo el gordo, mirando al piso. Él ya no iba a poner la cabeza haciéndose apalear en una marcha que, desde el momento de concebida, se intuía estéril.

- Y la van hacer nomás- Pensó otra vez, y una nueva cerveza helada le bajaba por el esófago como un placebo para la insolación.

Allá desenroscaban un pasacalle y la gente seguía llegando. El atardecer bajó el voltaje y los comercios fueron prendiendo las luces.

La marcha era una gran serpiente cantando de cordón a cordón, zigzagueando lenta por el asfalto. Varias cuadras de gente a pie encabezadas por un pasacalle “los cuatro idiotas” devolviendo el insulto oficial. Por entre el platinado de la barba y los rulos el gordo los vio venir

- Son muchos- se dijo pasando la manga roja por la frente para sacar el sudor. Reconoce entre la multitud a sus compañeros de la repartición que lo saludan

- ¡¡Soto!!... ¿Qué hacé?- Le gritan- ¡Gordo!... ¡Mirá el gordo, che!

En los oídos del Soto las voces se apagan y se escucha el pulso grave del bombo por encima de todo rumor. Un retumbo apagado y conmovedor que hacía temblar las ventanas… un latido grande… grande.

El tintinear de la campanita, sacudida inconscientemente por su brazo, lo volvió a la realidad. El dueño del quiosco, cruzado de brazos bajo el marco de la puerta los ve pasar –Negros de mierda - pensó en voz alta.

Soto lo mira y gira la cabeza hacia la marcha, varias veces va y vuelve con los ojos sin dejar de sacudir la campanita. Fue un segundo nomás, el segundo que tarda la certeza de una existencia en hacerse carne, el segundo fatal o sublime pero ineludible. El corazón le sacudió los botones del disfraz y se limpió por enésima vez la frente con la manga del traje rojo

- Ma sí, se va a la mierda - Dijo revoleando la campanilla dorada que rodó como un cascabel en las baldosas calientes de la vereda.

Se fue, derecho al vientre de la gran bestia que cantaba con miles gargantas, y se movía lenta con miles de pies en el asfalto. Se calzó a la cintura un bombo que alguien le cedió.

La noche revolvía su caldo de sudor en los cueros pegajosos del verano. Las señoras seguían esperando en la vereda del quiosco, cámara en mano para la foto, y los nietitos señalaban absortos hacia la multitud. Alguien saludó el paso de la gente con un aplauso, alguien maldijo meneando la cabeza y en el quiosco se escuchó un portazo, pero eso era cuento viejo.

Papá Noel, golpeando un bombo, encabezaba la marcha de protesta hacia la plaza, frente al municipio.

texto:Carlos Sandoval ( Diciembre 2003)

foto: nuestro pescebre de arcilla (hecho por nos. Guiados por Maria Ester)

viernes, 27 de noviembre de 2009

Letrahue Nº 10: Ausencias


Reseña del hombre hecho de ausencias

Acostumbrado a las ausencias, el hombre no las sufría. Las contenía silenciosas tripas adentro y cuando amenazaban explotar garganta afuera, las empujaba con vino y ellas solitas se adormecían.

- No es tan malo estar lleno de ausencias –decía- Cuando el hambre aprieta, las soledades se instalan en la panza refrescando los ardores del ayuno.

En los ratos de pensar, viboreaban las ausencias buscando adentro su lugar verdadero, ahí entre la garganta y el corazón que es donde suele anidarse la angustia. Entonces florecía el síndrome opresivo desmesurado y veloz como la habichuela mágica en el pecho del hombre solo, que se golpeaba el esternón y las costillas desacomodando el aposento de los recuerdos que duelen. Conjeturaba que las había espantado hacia otro confín del cuerpo porque no era necesario el tiraje de los músculos accesorios del cuello para la respiración, ni sentía el corazón apretado, ni la garganta amenazaba con llorar cada vez que intentaba palabra.

Se durmió el hombre un día, preñado de ausencias. Las privaciones no murieron con él, pero se las llevó puestas, pegadas al alma como un abrojo para no sentirse vacío... y para que nadie tuviera que entorpecer la virtud de estar vivo, haciéndose cargo de ausencias ajenas.

Ejemplo a imitar si los hay, mire...

Carlos Sandoval

Invierno- 1993

Fotografía : Agustin Sandoval

*Nota: El personaje de la foto, nuestro gato Mojo Jojo, fue quien me contó esta historia

sábado, 14 de noviembre de 2009

La luna y el canal grande

Compartan conmigo esta alegría!!

Algunos cuentos de este, mi primer libro, llevan casi veinte años mirando hacia afuera desde el silencio. "La luna y el canal grande" estará en la calle en Diciembre. No se que mas decir, che...
ahi le va un adelanto


...A don Justiniano Lautaro, Dios le había concedido la gracia de conservar el olfato aun después de muerto. Solía acercarse al pueblo de vez en cuando por las noches, para oler flores de contrabando en los jardines, ver la tele de reojo por alguna ventana entreabierta, o escuchar la radio. Sus hermanos de la fosa común aguardaban pacientemente en un claro del bosque, flotando sobre el rocío al que amorosamente llamaban “alma del frio”. Con cada madrugada, Justiniano Lautaro volvía para contar las noticias del mundo de los vivos, hablando con palabras de aire y silencio, porque es así como hablan los muertos.

Llegaba a la población, silencioso y hábil mas que invisible. No era del todo traslúcido como la mayoría de los fantasmas, pero la sombra en las noches lo favorecía. Cuando la cerrazón estaba en pleno, se aparecía acarreando hilachas que habrían sido alguna vez mortaja. Llevaba restos de otras cosas también, que no habían querido desprendérsele del alma y flameaban en su espalda como flecos de barrilete...

Impalpable y liviano se escabullía entre los jardines, arrastrado por su gran debilidad: el olor de los jazmines...

(Fragmento del cuento "Cuarenta y cuatro" dedicado a Victor Jara-Septiembre 2001)


...Un recuerdo fugaz la atravesó cuando hizo pié frente al público: Don Mariano Torres.

De él se decía que era brujo, porque curaba la culebrilla con tinta y ceniza, y para el mal de la tristeza recetaba un fermento de agua y miel macerada durante tres semanas al oscuro. Odiaba los hospitales, la misa y los milicos, pero brujo no era. Rosa y el Mariano solían hablar a los gritos con el cerco de por medio casi siempre cuando la siesta, cada uno bajo el alero de su patio de atrás. Ella dejaba caer sobre un hombro su trenza canosa y larga, se ataba el pañuelo a la cabeza y con el trapo de repasar la mesada agarraba la manija de la pava para no quemarse. Preparaba el mate dulce con una pizca de toronjil para el corazón y unas hojitas de té del burro para avivar la pereza de los intestinos. Él se arremangaba el pantalón, acomodaba los pies descalzos en una palangana de agua fresca y se empinaba una cerveza negra. Cada tanto se daba golpecitos en la panza con la camisa desabrochada, haciendo vibrar los lunares y las manchas de la vejez, en la flacidez de los cueros sueltos del abdomen. Hablaban de que por ahí llovía para la nochecita, que habría que blanquear las paredes con cal para espantar a las vinchucas. Conversaban largo de cosas intrascendentes, coincidían en que ponerse viejo era una porquería y se buscaban con la vista entrecerrada, acentuando las arrugas de los ojos, para mirarse por entre los reflejos de la tierra caliente a esa hora.

(Fragmento de "La rosa del foro"-Junio 2003)

martes, 3 de noviembre de 2009

Carta de Luisa





La Ñaña Luisa Calcumil hace un tiempito golpeó las manos en esta casa virtual...


Hoy me la encontré en la calle y hablamos mucho,

hasta sin hablar, hablamos,

porque Luisa dice desde el silencio tambien.

me enseñaron que a eso le llaman "conocimiento silencioso",

y se escucha con las orejas del alma


Aqui dejo una muestrita de su palabra:

Hola Carlitos: Me encanta como escribís, me gusto mucho tu blog y quienes lo habitan. No soy muy cibernética, no me alcanza el tiempo, porque ando viviendo intensidades, urgencias, a veces muy lejos, otras muy cerquita. Creo que hay tanto para hacer, como lugares y formas, todas necesarias, y vamos tejiendo una matra de mil colores, para abrigar a niños de ojos negros,pardos, verdes, y azules.

"El uso baila, la matra espera

la abuela quiere enseñarnos más

que la memoria de los antiguos

laboriadita va en el telar"


Por estas cuestiones de tiempo precisamente no puedo leer novelas, pero si poesía, y me encantaría tener un libro tuyo, porque entre una cosa y otra, asi como se me hace necesario un mate, manoteo un libro y leo una poesía, para seguir, sin que se me atrofie el alma, o el resentimiento me malgaste el corazón, además a mis visitas les convido mate, a veces tortas, y les leo poesía.Cuando tengas ganas, venite al barrio S.Martín, no soy estructurada con los horarios, asi es que se me puede visitar de mañana temprano, de tarde, de noche y de trasnochada. Buena, muy buena, tu escritura, como vertiente de agua buena. No puse este comentario en el blog. porque no se como hacerlo, por eso tampoco soy de navegar mucho.Juanita Lefiche es la dueña de mi ternura en esta foto.
Luisa

viernes, 16 de octubre de 2009

Atarceder en el barrio de los niños vampiros

Hay un momento del dia

en que el mundo parece que quisiera decirnos algo.

Ese momento, sublime o fatal,

en el que el tiempo queda suspendido

y la misma tierra contiene la respiración.

Y retrasa el suspiro, lo contiene mientras los pajaros

van buscando lugar entre los árboles para hacer noche.

La brisa del sur se para en seco.

¿que cosa es “eso” que el aire quiere decir cuando se queda tan quieto,

y el barrio se inunda de un color espeso que va del dorado,

a lo saguíneo y al púrpura?

Esa cosa indescifrable ahí, cuando el dia ya termina,

pero la noche todavía no empieza.

Cuando el tiempo parece encapsulado

entre la última respiración amarilla del sol

y el nacimiento de las estrellas fugaces…

Ahí, cuando la tarde se recuesta

y uno busca con la vista porque sabe

que puede mirar de frente al sol sin dañarse los ojos…

La gomería en medio de la nada

el almacen cerrado por duelo, la rotonda de la virgencita

el olor del pan casero

el sol incapaz y anémico

escondido detrás del humo

que el valle escupe sobre la ruta

como un alarido

en las noches de helada

...Ahí nomas está,

tan facil y tan difícil ,

el último lugar mágico que todavía es posible…



Carlos Sandoval, marzo 2008.
Fotografía: Agustin Sandoval (septiembre 2005)

domingo, 27 de septiembre de 2009

Marcas de nacimiento


El sur nos reconoce en la impronta que nos deja.
Cada huella nuestra en el suelo,
es tambien algo del suelo en nosotros.
Las sombras congeladas,
el vapor de las respiraciones invernales,
el silbido de la jarilla
en el polvo finísimo del viento.
La caminata descalza
sobre las piedras calientes
de la orilla del canal en la siesta del verano,
y las guaridas vacías sin piso ni techo
de los golondrinas cuando termina la cosecha,
determinan las marcas de origen
que llevamos anestesiadas
hasta que el narrador las despierta.
Quien cuenta una historia descubre, redescubre,
las cicatrices mutuas de la relacion entre los hombres y las cosas.
El narrador hace atajos,
facilita el encuentro,
corta alambrados.
La barda tiene la memoria de las cosas inertes
que el sur estampa sobre nuestros cueros como un tatuaje:
eclipses,
la luna en el canal vacío,
chacra florecida,
la adivinación de las estrellas fugaces,
... y vos , Negra, siempre vos.
Texto: Carlos Sandoval
Imagen: el obturador miope- belendelabarda.blogspot.com

viernes, 11 de septiembre de 2009

Yotivenco 2 (los recuerdos que trajo el frío)


Fragmento del segundo capítulo de la novela YOTIVENCO (el uno está por ahi, mas abajito) ... disfrutenlón:
...Despacio, pensando venía, volvía caminando de la trasnochada. El pantalón, perdía el color a la altura de las pantorrillas y bajaba en degradé terroso hacia los tobillos.

Todo color se torna terroso

entre la bruma de polvo

que envuelve a los bailarines de la rodilla hacia abajo,

como una porción de cielo que baja,

o de infierno removido que sube,

a entalcar la bailanta de galpón entre las chacras.

Le gustaba el otoño para arrastrar los pies, abriendo un surco entre las hojas que el viento traía desde las chacras. En eso venía pensando, en el otoño del año pasado, en la vuelta de un baile. Habían estado bailando en silencio. No hablaron nada durante el baile y ahora en el camino tampoco, al menos no con palabras. El baile pululaba entre pasodobles, cumbias y rancheras, y para ellos todo era lo mismo, sonaba igual, se bailaba igual, abrazados y sin dejar de mirarse… sin hablar.

Afuera de ellos dos, el mundo latía en la danza curva de hombres con la tierra pegada en el sudor y mujeres parcas de rostro serio y cuerpo alegre. Al final de cada pieza, cuando los bailarines aplauden al acordeonista y al guitarrero, ellos dos no se soltaban. Fueron inmunes a la inseguridad de los empujones de los borrachos primero y al vaho de los vómitos etílicos después. Cuando se diluyó la bailanta caminaron un poco y se preguntaron los nombres… recién ahí se conocieron las voces.


Ella habló del frío buscando una respuesta que tal vez nada tuviera que ver con el clima. Él sugirió algo que no necesitó palabras y se abrazaron.
Se sabían el nombre nada más, el nombre solo, y se abrazaron. Apenas si se conocían, igual los dos se llamaron a la desvergüenza.

Las hojas molidas en el suelo hicieron un pacto con los cuerpos desnudos para intercambiar color por aroma, tibieza por frío, amor por amor. Quedaron entonces ellos del color de las hojas, y las hojas tomaron el aroma de los cuerpos.
No pensaron que se venía la amanecida, iluminándolos ante la vista de los pájaros y la quietud de los de los álamos. De alguna manera el la envolvió. La encapsuló en un abrazo para alejarla del frío del amanecer otoñal y del frío de la existencia. Se pusieron a resguardo de todos los fríos, abrazados, y se hicieron invisibles.

Texto: Carlos Sandoval (de la novela "Yotivenco")
Imagen: gentileza de http://www.dekorarte.com/ (la web no menciona el nombre del artista)






domingo, 6 de septiembre de 2009

Lo que guarda el Canal Grande

Secreto Nº2:
Los Tres Álamos (La memoria del agua)


Cada tramo del canal toma el nombre de aquello que lo identifica, de esos detalles del relieve en las orillas, o de los rastros humanos que lo distinguen. Así va, rebautizándose acorde a las construcciones que lo cercan, o la naturaleza que vive en sus orillas. Los tres Álamos, canaleta roja, pozón de Parra, orilla del sauce viejo, la pasarela amarilla, la usina, la bomba del regador etc.

Sobre el costado sur del canal grande, a unos treinta metros del puente de la San Juan, quedaban tres álamos de cuando todo era chacra. La cuidad ganó terreno y alguien los dejó ahí

Cuidaban la orilla,

largos, silenciosos y expectantes.

regados al secreto residuo pegajoso

de feroces calenturas furtivas.

Grabando en la oreja de sus cortezas

el bullicio de los pibes que pasan flotando

entre la jangada de manzanas (recién halladitas)

Salpicados por las zambullidas

de los dueños de los vaqueros recortados

y los tatuajes mal escritos con el nombre de algún amor

en aguja de coser y tinta china.

(De esos amores que vuelven como una maldición

cada vez que uno se mira

creyendo que la piel, al igual que uno,

también puede olvidar)

Ahí estaban desde no sé cuándo. Cicatriz en la corteza de corazones mal tallados con el nombre de algún él y alguna ella en el centro, atravesados por una flecha. Troncos de cáscara grisácea con meadas resecas de los pescadores de tarrito y lombrices, vomitónas y escupitajos evaporados de los borrachines de paso.

...Desde el puente de la San Juan se ve la zona, ahora toda cementada y ya sin álamos (dicen que con luminarias y pastito se va ver lindo) pero sigo viendo el reflejo de los tres árboles sobre el agua. La memoria del canal puede mas que la ausencia.

Cerca del puente de la Avenida Roca, a veces veo una imagen fantasmal de sauces que no están y me dan ganas de colgarme de las ramas inexistentes y hamacarme en el agua mientras los remolinos de la correntada te suben por el lomo…

Texto: Carlos Sandoval -06 de septiembre 2009

Fotografía: Agustín Sandoval (Junio 2005)

miércoles, 26 de agosto de 2009

Letrahue IX- Ellos (2) El Cabito ferreira






Ellos (2): El Cabito Ferreira

Ferreira era Cabo de la Colonia Penal U5 cuando lo del cincuenta y cinco.

Se negó a apoyar el derrocamiento a Perón porque eso venía con el bonus track de garrotear al peronchaje del conventillo de barrio Norte (Frente al Canal grande, a media cuadra de la Usina, él también vivía ahí)

Alguien le hizo una seña a un esbirro, y al cabo Ferreyra la oscuridad lo fagocitó…

De las peripecias vividas cuando lo llevaron se sabe poco. De esos infiernos es poco lo que se sabe, bastante lo que se esconde y muy de mucho lo que, por mecanismo de defensa alma atormentada, se olvida sin mas ni más.

Una vez desaparecido se lo dio por muerto acá en Roca. Los que lo largaron en los basurales habrían creído lo mismo.

Inconsciente y febril Ferreira pasó hecho nadie entre la horda que revuelve basura para comer en Buenos Aires. La cuidad lo retuvo anónimo en sus fauces un tiempo… y lo escupió.

Puesto que olvidó su nombre, su casa, su causa y su lugar suponemos que volvió traído mas por el instinto que por el recuerdo. Apareció una tarde hablando incoherencias, meado y con una ropa sin edad ni color, lamiéndose las mataduras de los nudillos macerados como un perro viejo.

Cabito Ferreira habla a los gritos (saluda a los gritos, piensa a los gritos) En rueda de pordioseros alardea de que en una oportunidad Perón lo saludó dándole la mano.

Nunca mendigó. Juntaba la mugre que tuviera algún resto alimenticio y ni bien mascaba por un rato los pegotes verdosos se mostraba caritativo a los transeúntes.

Sacaba un bollo grisáceo de su bolsa y después de olerlo un poco, lo ofrecía al prójimo sobre su mano extendida:

- ¿Una empanada?... Cebolla... ¿Le gusta la cebolla?... ¿No quiere un cachito de pan?

Buceaba con la cabeza hundida en los canastos de basura de las confiterías y los bares para empinarse lo que hubiera en el fondo de las botellas vacías. La mezcolanza ardía en el estómago pero calentaba hasta los pies.

Se alejaba enredado entre el bolserío que siempre le cuelga de los hombros y los brazos. Bolsas llenas de basura, comida, papel de diario y envolturas de caramelos.

Pensaba a los gritos (siempre piensa a los gritos)

-¡Viva Perón, diosito!... ¡Tráiganme el revólver, carajo!

De cuando en cuando se trepaba a la punta del edificio ese que está frente al hospital, y que nunca se terminó de construir.

Gritaba atrocidades desde lo alto

con la bragueta mojada y los brazos abiertos,

como queriendo volar de la locura

y descolgarse afuera, lejos.

Como un fantasma de él mismo

... Como el olvidado que era nomás.

Cada tanto lo veo por ahí, pero me dicen que el Cabito Ferreyra murió hace mucho y que son otros cirujas que saludan cuando les digo “como va don Ferreyra” porque los crotos saludan a cualquiera que les hable. Que el Cabito no ha de ser, me dicen, salvo que yo ande por la vida saludando fantasmas.

Que sabrán estos, digo, si los ven a todos iguales.

Carlos Sandoval

Otoño 2003

Imagen:www.chelocandia.blogspot.com (Gracias de nuevo Chelo)

viernes, 14 de agosto de 2009

letrahue VIII: La Violeta


LA ENFERMERA VIOLETA


Violeta estuvo un tiempo en las afueras de Laguna Blanca, haciendo para los lugareños las veces de agente sanitario, enfermera, partera y si la urgencia lo requería, también médico.


Manejaba una ambulancia desvencijada en un paraje frío y ajeno al beneficio de la ayuda social porque reditúa muy pocos votos, demasiado lejos de cualquier lado. Los escasos habitantes desperdigados en ese tramo de meseta patagónica, rara vez supieron de elecciones, aunque en los registros oficiales figuran como asiduos votantes, tanto ellos como alguno que otro pariente o vecino muerto. A la Violeta la “volvieron” al hospital de la cuidad cuando por esto de los votos hizo muchas preguntas al comisionado de la zona, que era también juez de paz y retiraba la documentación de aquellos que en Laguna Blanca se apagaban por picaduras de alimañas, entreveros a cuchillo, partos malogrados, o endurecidos por la helada durmiendo campo afuera. Ella los vio en el padrón, marcados con la crucecita del sufragio cumplido.


El mejor recuerdo de la Violeta: Los nacimientos. Hechos en el puesto sanitario o en la casa de las madres, de apuro en la parte de atrás de la ambulancia, o a cielo abierto en el reparo un cauce de lluvia seco entre las jarillas. Le avisaban por radio, o venían de a caballo. Violeta salía en la ambulancia llevando, además de lo necesario el parto, la estufita a querosén para calentar la pieza de adobe fría por la intemperie, y una botella vacía por dudas.


Es costumbre de las madres de la zona soplar una botella obteniendo un silbido de tono bajo después de que nace el niño. Antiguamente, la hoy botella sería una vasija de barro hecha solo para estos menesteres, que se transfería de mujer a mujer, de preñez en preñez. La creencia de estos lugares dice que al sacar silbido sereno de la botella, los espíritus circundantes ayudan a desprender la placenta de la madre, sin los riesgos que padecen hoy las que dan a luz bajo la tutela del progreso y la ciencia. Convocaban así a las entidades protectoras, que permanecerían de ahora en más velando por el niño, hasta que deje de serlo.


La familia del recién nacido concedía a la comadrona o partera, el honor de un nombre. De ahí que en laguna blanca todos tuviesen por lo menos dos nombres. El primero dado por su familia y el segundo por la partera. Aquel que tuviera un solo nombre por esos parajes de seguro era forastero, o bien la madre pasó solita el trance de los dolores y el alumbramiento.


La primera vez que Violeta se vio envuelta en tamaño menester, tuvo una imagen fugaz de un amor con quien le hubiera gustado tener un hijo, y bautizó al niño con el nombre de sus nostalgias.

Así, en un tiempo no muy largo, los niños nacidos en Laguna Blanca eran nombrados por Violeta con los nombres de sus antiguos amores.

Cuando se acabó la lista de aquellos por los que fue correspondida, Violeta siguió con aquellos por los que fue desairada. Agregó también a los que jamás supieron de su amor, porque había elegido entonces amarlos desde el silencio, puesto que alguna razón le impedía hacer pública la confesión. Violeta se ve al espejo, reconoce en la piel las marcas del tiempo y piensa en laguna Blanca. Sabe que en todos los niños nombra a sus amores de siempre, se ve a sí misma rodeada por los chicos que acuden a visitarla, sabiendo ella que por cada nombre que pronuncie, habrá un cosquilleo en el corazón.

...Entonces cree que ése es un buen lugar para envejecer.

Carlos Sandoval-Verano del 2000

Imagen: Agustín Sandoval- invierno 2006

lunes, 3 de agosto de 2009

Cortando alambrados- Borrachera Seca

Borrachera Seca




Estamos en síndrome de abstinencia.




En alto nuestros puños temblorosos




deseando, presurosos, llegue el día




de apretar entre los dedos copas llenas




de los cántaros hastiados del delirio,




del vino que genera la esperanza.




Derramarnos ya borrachos de la vida,




y brindar con el licor de la justicia...







Texto:Carlos Sandoval - Octubre 1990 (03:30hs)

Ilustración: Chelo Candia - Julio 2009

jueves, 23 de julio de 2009

Letrahue VII : Fragmento del Yotivenco

Yotivenco... (los recuerdos que trae el frío)




Me crié , hasta los cinco años de edad, en un conventillo en Barrio Norte a orillas del canal grande. Dos letrinas al fondo para todos los inquilinos (cuando nos dieron casita de plan no conocía lo que era un inodoro, y me asustaba mucho tirar la cadena)
De estas últimas jornadas de frio y nieve, con ricos esquiando felices y pobres recagados de frío, se me antojó compartir un fragmento de mi nouvelle (inédita aun) llamada "Yotivenco"

Amo desmesuradamente lo que hago para ustedes (aprendí que compartir hace libre, es sanador y corta alambrados) por eso deseo que lo disfruten ... ahi va





....-El invierno le congeló la sangre. Cuando te dormís al frío, primero la sangre se le pone perezosa a uno, y después no anda –
Así habló la Carmen cuando alguien en el conventillo preguntó por Gonzales. El viejo se había enroscado en las brumas de una borrachera que le impidió llegar hasta la puerta de la pieza.
Indiferente a su piel entumecida se tendió en el pasillo largo de tierra apisonada. Se durmió al rajo del frío, a cielo abierto, anestesiado y feliz.
Amaneció duro y con un brazo flexionado.

El sol era no mas que una franja insinuada en el cielo apático de los amaneceres invernales y Hebe ya se había levantado. Llevaba la taza de noche atiborrada de fluidos entre sus manos pequeñas. “Lo primero siempre es tirar las aguas” le habían enseñado, y si es posible antes de que los demás se despierten, que nadie tiene porque saber de las cosas de uno. Era el ritual acostumbrado antes del desayuno, antes de lavarse la cara incluso, había que deshacerse del bochorno.


El conventillo y la periferia de adobe, cartón y chapa que lo contenía entre sus calles sin trazo, respiraban vapores gélidos y espectrales que subían del suelo y la despertaban a ella en seco ni bien abría la puerta de la pieza. En las chacras cercanas cantaban los gallos y se sentía ya en el aire el humo de las primeras estufas encendidas. Eso, y la tonalidad gris que todas las cosas tenían en la quietud de esa hora, le bastaban para saberse despierta sin necesidad de lavarse la cara. Un frote rápido de sus dedos contra los ojos, era suficiente aunque la madre se enoje.

En la neblina que el frío alzaba sobre el suelo, tropezó. Algo le trabó un pié y ella desapareció repentinamente en la niebla. La tinaja con los líquidos se desprendió cuando la piba flaca quiso amortiguar el golpe con sus manos. La caída le deslizó los brazos adelante, raspando dolorosamente las palmas abiertas en el resbalón. Una vez que sus mejillas se despegaron del suelo giró esperando ver el tronco que alguien habría arrastrado hasta el patio del conventillo con la intención de tener leña. Siempre alguien traía de por ahí los restos de algún árbol caído y reseco, que después todos usaban para darse calor. Por eso quedaba en cualquier lado, porque no era de nadie, y era de todos. Nomás que ahí no había ni resto de leña siquiera. Hebe descubrió a Gonzales, enredado entre sus pies y todo mojado. La pelela se le había vaciado sobre el pecho.


Ya le había pasado antes. Otras veces había el pobre Gonzales, amanecido a la intemperie con su brazo de almohada. Ya le había tocado antes a ella, madrugadora desprevenida, toparse con el bulto desparramado de una resaca.
Ella se incorporó liviana y sin ruido para no despertarlo. Tuvo ganas de maldecir, pero lo primero, además de sacar las aguas, era el respeto por los mayores.
Cazó la pelela y salió pisando apenas el suelo para evitar la tendalada de improperios que le llovería en caso de Gonzáles despertara...


Texto:Carlos Sandoval
Imagen: gracias a urbatorium.blogspot.com