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domingo, 9 de mayo de 2010

Letrahue.. Reclamo (parte 2)

Lo prometido es deuda...
Como quien deshoja flores, habré de ir dejando retazos de este cuento del 2003 intitulado (jah!) Reclamo, durante tooodo este mes, hasta que no quede nada en el plato
De paso, mangazo, como verán no encontré imagen (ni propia ni agena) que pueda ilustrar este relato. Agradecería mucho (ya veré como y con qué) si de ustedes saliera la imagen que acompañe este reclamo.
Ya saben, esto existe porque ustedes están ahí.
Que lo disfruten...
Un abrazo



...- Parece que fue ayer – pensó.
Para los muertos, todo parece que fue ayer. Hizo el gesto de respirar como para que algún olor del aire le desvanezca el recuerdo, y ningún aire le llenaba sus pulmones inexistentes. Pero en Benigno Correa la elevación del tórax era tan involuntaria como el tic de su ojo izquierdo, que lo marcó durante toda su vida y persistía junto a él, ahora mas como archivo residual del alma, que por autonomía de los nervios.

Pegó un vistazo en redondo, el cielo se cerraba acomodando la escenografía para ambientar la noche. El camposanto se iba quedando quieto. Ya estaba limpio de visitantes, de vendedoras de flores y de viudas que refriegan las placas de metal de las lápidas hasta dejarlas como espejos, mientras le cuentan de nietos, de bueyes perdidos y ausencias. Benigno Correa decidió que ya era el momento y se encaminó hasta el peral seco. Los primeros asistentes ya estaban en torno al árbol...

...En el cementerio, después de que se cierran las puertas, las ánimas esparcidas en escondrijos, tumbas y nichos, se reúnen bajo tierra en torno a las raíces de un peral seco, a tratar sus cuestiones de muertos.
Es así desde que se hizo el camposanto, dicen, aunque algunos fallecidos cuentan que es desde que se secó el peral que ocupaba el centro del predio, que estaba ahí de antes que el cementerio, de cuando esto era todo chacra. Que había entonces tan pocos muertos, dicen, que con el patio de las casas alcanzaba, y conversaban apoyados en la cerca, de una casa a la otra, cuando el resto del mundo dormía.
Cualquier habitante del pueblo de seguro tenía un pariente en este cementerio, y el escarnio entre los vivos era casi siempre comidilla entre los muertos.
Benigno Correa sabía que esta no iba a ser una junta mas. La última asamblea había terminado con una escaramuza que empezaron los del osario común y la siguieron todos, sin argumento alguno, por el impulso de hacer algo distinto nomás.
Desde entonces quedó él designado para coordinar, mediar y pacificar los encuentros...

(CONTINUARÁ...)

viernes, 16 de octubre de 2009

Atarceder en el barrio de los niños vampiros

Hay un momento del dia

en que el mundo parece que quisiera decirnos algo.

Ese momento, sublime o fatal,

en el que el tiempo queda suspendido

y la misma tierra contiene la respiración.

Y retrasa el suspiro, lo contiene mientras los pajaros

van buscando lugar entre los árboles para hacer noche.

La brisa del sur se para en seco.

¿que cosa es “eso” que el aire quiere decir cuando se queda tan quieto,

y el barrio se inunda de un color espeso que va del dorado,

a lo saguíneo y al púrpura?

Esa cosa indescifrable ahí, cuando el dia ya termina,

pero la noche todavía no empieza.

Cuando el tiempo parece encapsulado

entre la última respiración amarilla del sol

y el nacimiento de las estrellas fugaces…

Ahí, cuando la tarde se recuesta

y uno busca con la vista porque sabe

que puede mirar de frente al sol sin dañarse los ojos…

La gomería en medio de la nada

el almacen cerrado por duelo, la rotonda de la virgencita

el olor del pan casero

el sol incapaz y anémico

escondido detrás del humo

que el valle escupe sobre la ruta

como un alarido

en las noches de helada

...Ahí nomas está,

tan facil y tan difícil ,

el último lugar mágico que todavía es posible…



Carlos Sandoval, marzo 2008.
Fotografía: Agustin Sandoval (septiembre 2005)

miércoles, 26 de agosto de 2009

Letrahue IX- Ellos (2) El Cabito ferreira






Ellos (2): El Cabito Ferreira

Ferreira era Cabo de la Colonia Penal U5 cuando lo del cincuenta y cinco.

Se negó a apoyar el derrocamiento a Perón porque eso venía con el bonus track de garrotear al peronchaje del conventillo de barrio Norte (Frente al Canal grande, a media cuadra de la Usina, él también vivía ahí)

Alguien le hizo una seña a un esbirro, y al cabo Ferreyra la oscuridad lo fagocitó…

De las peripecias vividas cuando lo llevaron se sabe poco. De esos infiernos es poco lo que se sabe, bastante lo que se esconde y muy de mucho lo que, por mecanismo de defensa alma atormentada, se olvida sin mas ni más.

Una vez desaparecido se lo dio por muerto acá en Roca. Los que lo largaron en los basurales habrían creído lo mismo.

Inconsciente y febril Ferreira pasó hecho nadie entre la horda que revuelve basura para comer en Buenos Aires. La cuidad lo retuvo anónimo en sus fauces un tiempo… y lo escupió.

Puesto que olvidó su nombre, su casa, su causa y su lugar suponemos que volvió traído mas por el instinto que por el recuerdo. Apareció una tarde hablando incoherencias, meado y con una ropa sin edad ni color, lamiéndose las mataduras de los nudillos macerados como un perro viejo.

Cabito Ferreira habla a los gritos (saluda a los gritos, piensa a los gritos) En rueda de pordioseros alardea de que en una oportunidad Perón lo saludó dándole la mano.

Nunca mendigó. Juntaba la mugre que tuviera algún resto alimenticio y ni bien mascaba por un rato los pegotes verdosos se mostraba caritativo a los transeúntes.

Sacaba un bollo grisáceo de su bolsa y después de olerlo un poco, lo ofrecía al prójimo sobre su mano extendida:

- ¿Una empanada?... Cebolla... ¿Le gusta la cebolla?... ¿No quiere un cachito de pan?

Buceaba con la cabeza hundida en los canastos de basura de las confiterías y los bares para empinarse lo que hubiera en el fondo de las botellas vacías. La mezcolanza ardía en el estómago pero calentaba hasta los pies.

Se alejaba enredado entre el bolserío que siempre le cuelga de los hombros y los brazos. Bolsas llenas de basura, comida, papel de diario y envolturas de caramelos.

Pensaba a los gritos (siempre piensa a los gritos)

-¡Viva Perón, diosito!... ¡Tráiganme el revólver, carajo!

De cuando en cuando se trepaba a la punta del edificio ese que está frente al hospital, y que nunca se terminó de construir.

Gritaba atrocidades desde lo alto

con la bragueta mojada y los brazos abiertos,

como queriendo volar de la locura

y descolgarse afuera, lejos.

Como un fantasma de él mismo

... Como el olvidado que era nomás.

Cada tanto lo veo por ahí, pero me dicen que el Cabito Ferreyra murió hace mucho y que son otros cirujas que saludan cuando les digo “como va don Ferreyra” porque los crotos saludan a cualquiera que les hable. Que el Cabito no ha de ser, me dicen, salvo que yo ande por la vida saludando fantasmas.

Que sabrán estos, digo, si los ven a todos iguales.

Carlos Sandoval

Otoño 2003

Imagen:www.chelocandia.blogspot.com (Gracias de nuevo Chelo)

viernes, 14 de agosto de 2009

letrahue VIII: La Violeta


LA ENFERMERA VIOLETA


Violeta estuvo un tiempo en las afueras de Laguna Blanca, haciendo para los lugareños las veces de agente sanitario, enfermera, partera y si la urgencia lo requería, también médico.


Manejaba una ambulancia desvencijada en un paraje frío y ajeno al beneficio de la ayuda social porque reditúa muy pocos votos, demasiado lejos de cualquier lado. Los escasos habitantes desperdigados en ese tramo de meseta patagónica, rara vez supieron de elecciones, aunque en los registros oficiales figuran como asiduos votantes, tanto ellos como alguno que otro pariente o vecino muerto. A la Violeta la “volvieron” al hospital de la cuidad cuando por esto de los votos hizo muchas preguntas al comisionado de la zona, que era también juez de paz y retiraba la documentación de aquellos que en Laguna Blanca se apagaban por picaduras de alimañas, entreveros a cuchillo, partos malogrados, o endurecidos por la helada durmiendo campo afuera. Ella los vio en el padrón, marcados con la crucecita del sufragio cumplido.


El mejor recuerdo de la Violeta: Los nacimientos. Hechos en el puesto sanitario o en la casa de las madres, de apuro en la parte de atrás de la ambulancia, o a cielo abierto en el reparo un cauce de lluvia seco entre las jarillas. Le avisaban por radio, o venían de a caballo. Violeta salía en la ambulancia llevando, además de lo necesario el parto, la estufita a querosén para calentar la pieza de adobe fría por la intemperie, y una botella vacía por dudas.


Es costumbre de las madres de la zona soplar una botella obteniendo un silbido de tono bajo después de que nace el niño. Antiguamente, la hoy botella sería una vasija de barro hecha solo para estos menesteres, que se transfería de mujer a mujer, de preñez en preñez. La creencia de estos lugares dice que al sacar silbido sereno de la botella, los espíritus circundantes ayudan a desprender la placenta de la madre, sin los riesgos que padecen hoy las que dan a luz bajo la tutela del progreso y la ciencia. Convocaban así a las entidades protectoras, que permanecerían de ahora en más velando por el niño, hasta que deje de serlo.


La familia del recién nacido concedía a la comadrona o partera, el honor de un nombre. De ahí que en laguna blanca todos tuviesen por lo menos dos nombres. El primero dado por su familia y el segundo por la partera. Aquel que tuviera un solo nombre por esos parajes de seguro era forastero, o bien la madre pasó solita el trance de los dolores y el alumbramiento.


La primera vez que Violeta se vio envuelta en tamaño menester, tuvo una imagen fugaz de un amor con quien le hubiera gustado tener un hijo, y bautizó al niño con el nombre de sus nostalgias.

Así, en un tiempo no muy largo, los niños nacidos en Laguna Blanca eran nombrados por Violeta con los nombres de sus antiguos amores.

Cuando se acabó la lista de aquellos por los que fue correspondida, Violeta siguió con aquellos por los que fue desairada. Agregó también a los que jamás supieron de su amor, porque había elegido entonces amarlos desde el silencio, puesto que alguna razón le impedía hacer pública la confesión. Violeta se ve al espejo, reconoce en la piel las marcas del tiempo y piensa en laguna Blanca. Sabe que en todos los niños nombra a sus amores de siempre, se ve a sí misma rodeada por los chicos que acuden a visitarla, sabiendo ella que por cada nombre que pronuncie, habrá un cosquilleo en el corazón.

...Entonces cree que ése es un buen lugar para envejecer.

Carlos Sandoval-Verano del 2000

Imagen: Agustín Sandoval- invierno 2006

jueves, 23 de julio de 2009

Letrahue VII : Fragmento del Yotivenco

Yotivenco... (los recuerdos que trae el frío)




Me crié , hasta los cinco años de edad, en un conventillo en Barrio Norte a orillas del canal grande. Dos letrinas al fondo para todos los inquilinos (cuando nos dieron casita de plan no conocía lo que era un inodoro, y me asustaba mucho tirar la cadena)
De estas últimas jornadas de frio y nieve, con ricos esquiando felices y pobres recagados de frío, se me antojó compartir un fragmento de mi nouvelle (inédita aun) llamada "Yotivenco"

Amo desmesuradamente lo que hago para ustedes (aprendí que compartir hace libre, es sanador y corta alambrados) por eso deseo que lo disfruten ... ahi va





....-El invierno le congeló la sangre. Cuando te dormís al frío, primero la sangre se le pone perezosa a uno, y después no anda –
Así habló la Carmen cuando alguien en el conventillo preguntó por Gonzales. El viejo se había enroscado en las brumas de una borrachera que le impidió llegar hasta la puerta de la pieza.
Indiferente a su piel entumecida se tendió en el pasillo largo de tierra apisonada. Se durmió al rajo del frío, a cielo abierto, anestesiado y feliz.
Amaneció duro y con un brazo flexionado.

El sol era no mas que una franja insinuada en el cielo apático de los amaneceres invernales y Hebe ya se había levantado. Llevaba la taza de noche atiborrada de fluidos entre sus manos pequeñas. “Lo primero siempre es tirar las aguas” le habían enseñado, y si es posible antes de que los demás se despierten, que nadie tiene porque saber de las cosas de uno. Era el ritual acostumbrado antes del desayuno, antes de lavarse la cara incluso, había que deshacerse del bochorno.


El conventillo y la periferia de adobe, cartón y chapa que lo contenía entre sus calles sin trazo, respiraban vapores gélidos y espectrales que subían del suelo y la despertaban a ella en seco ni bien abría la puerta de la pieza. En las chacras cercanas cantaban los gallos y se sentía ya en el aire el humo de las primeras estufas encendidas. Eso, y la tonalidad gris que todas las cosas tenían en la quietud de esa hora, le bastaban para saberse despierta sin necesidad de lavarse la cara. Un frote rápido de sus dedos contra los ojos, era suficiente aunque la madre se enoje.

En la neblina que el frío alzaba sobre el suelo, tropezó. Algo le trabó un pié y ella desapareció repentinamente en la niebla. La tinaja con los líquidos se desprendió cuando la piba flaca quiso amortiguar el golpe con sus manos. La caída le deslizó los brazos adelante, raspando dolorosamente las palmas abiertas en el resbalón. Una vez que sus mejillas se despegaron del suelo giró esperando ver el tronco que alguien habría arrastrado hasta el patio del conventillo con la intención de tener leña. Siempre alguien traía de por ahí los restos de algún árbol caído y reseco, que después todos usaban para darse calor. Por eso quedaba en cualquier lado, porque no era de nadie, y era de todos. Nomás que ahí no había ni resto de leña siquiera. Hebe descubrió a Gonzales, enredado entre sus pies y todo mojado. La pelela se le había vaciado sobre el pecho.


Ya le había pasado antes. Otras veces había el pobre Gonzales, amanecido a la intemperie con su brazo de almohada. Ya le había tocado antes a ella, madrugadora desprevenida, toparse con el bulto desparramado de una resaca.
Ella se incorporó liviana y sin ruido para no despertarlo. Tuvo ganas de maldecir, pero lo primero, además de sacar las aguas, era el respeto por los mayores.
Cazó la pelela y salió pisando apenas el suelo para evitar la tendalada de improperios que le llovería en caso de Gonzáles despertara...


Texto:Carlos Sandoval
Imagen: gracias a urbatorium.blogspot.com

domingo, 12 de julio de 2009

Letrahue VI- Hoy: El atentado


...El viento de mediados de este Junio (no quiero saber como se vendrá Agosto) trae "cosas" mezcladas entre el polvo y los yuyos redondos que recuerdan a la muerte, sea en lo seco y espinoso , sea porque que recorren las calles sin asfalto ni nombre aún acá por donde vivo.
Y hasta los perros (y los ciegos) le hacen la gambeta.
Del cúmulo de aspereza que silba y pica en la piel por las piedritas, y llena de ardores los ojos
apareció este recuerdo de hace un par de añitos.
Aprovechen antes de que el viento le llene de arenita los ojos, y no quede otra que llorar y putear (ni se les ocurra refregarse)

.... Ahí va:

El atentado
(A veces el viento levanta la marea y el agua del drenaje sube por las cloacas)

…Entre el andar inestable de las flores
y las mariposas sacudidas por el viento,
los Generales indagan el terreno asustados,
cerrando los ojos a cada empujón de arena
que viento del mar les escupe en la cara…

Hoy todo amaneció al revés
Marrones pardos y rojizos resucitan semiblandos,
contrarios al empuje del remolino en cada inodoro
como si supieran nadar.
Los generales revisan el flotante asustados
y espían, del depósito a la taza y de ella a él de nuevo.
Los depuestos los miran sin ojos desde el fondo
y huelen sin narices el aliento de las voces,
cuando la tapa se levanta.
Y aguantan el aire para no tener que respirar de nuevo
el vaho de las fauces de aquellos que tienen voz
Y se retuercen de repugnancia ante quienes los alojaron en la visceral tibieza de la oscuridad interior.

Los Generales los miran volver y volver
como si la gravedad no existiera
en aquel fuerte junto al mar,
de quien el pueblo se disputaba las sobras murallas afuera.

Ahora, la milicada rasa que huyó indemne
del vómito pertinaz de los sumideros
hace cola en los burdeles de a cinco el polvo.
Que habrá permiso hasta que el viento de la vuelta, dicen,
y los regurgite de los cabarutos,
engominados de calostro como
almas recién paridas
con el fusil húmedo de cerveza,
la estampa de un labio seis perlado en la culata de madera
y los sudores de ellas
perfumando de agridulce los bigotes
como una cataplasma de sal, cebolla y miel
para las carrasperas del alma.

Hasta que la pólvora disipe los vahos féminos
que cada entrepierna selló en sus mentes,
valdrá la pena aquel día libre.
El día en que el viento eructó las cloacas a contramarcha
Y los Generales alucinaron el atentado
de un enemigo invisible y poderoso.

El día en que el agua y el viento
fueron terroristas en la jerarquía
y cómplices en la trinchera…

Carlos Sandoval
Marzo 2005

viernes, 5 de junio de 2009

Letrahue V : Lo que guarda el canal grande

HOY: Secreto 1: Kung Fú (a todos los nacidos y criados en Fisque menuco)
...“El pelao cun fú”… así lo llamábamos los que después de cada capítulo salíamos a romper palitos secos que dejaban caer los “árboles de pelusa” (aún hoy no se como se llaman)
La ramitas se apoyaban sobre una base dos ladrillos o piedras, o palos más gordos de los que dejan como para sentarse, y se les daba el golpe de gracia con el canto de la mano.
El palito escuálido se rompía en dos, y uno se levantaba del lugar orgulloso de su efímera victoria pero con el rostro inexpresivo, igual que el “pelao cun fú”.
Siguiendo el borde del canal ( una eternidad desde la placita entre Misiones y Kennedy) se llegaba al puente de la San Juan.
Otra eternidad mas allá, estaba la Canaleta Roja. Ahí nomás empezaba lo de Verdechia. Una chacra con manzanas de las rojas, las verdes y de las otras (unas amarillas color palote, medio ácidas y siempre arenosas, pero a mi vieja le gustaban)
Hoy se asienta allí la Villa de las artes y el afamadísimo IUPA (Instituto Universitario Patagónico de Arte).
Nosotros aprendimos a entrar sin ser vistos, como el pelao cun fú.
No había tiempo de elegir, manoteábamos apurados entre los surcos hasta donde nos daban los bracitos y se llenaba la improvisada bolsa que armaba la remera dada vuelta a la altura de la panza. No sé si entraban muchas en mi remera, pero lo que sí, yo me aseguraba de que fueran todas, de las verdes, de las rojas y de las otras (unas amarillas color palote, medio ácidas y siempre arenosas, pero a mi vieja le gustaban).

Aprendimos a salir cargados sin hacer ni un ruido,
como el pelao cun fú.
Y a deslizarnos como lagartos hacia la orilla del canal.
Soltábamos la carga de las remeras en el agua.
Y nos veníamos a perrito por el medio,
sin temores de la hondura verde del canal grande
que abraza a los desprevenidos por las patas,
los acalambra y los hunde.
Cada quien con su pequeña jangada de manzanas,
mecidos al antojo de la corriente
en el medio del canal principal de riego
al que porteños y corobeses recién llegados
lo llaman (lo creen) río.
Y atravesábamos flotando las dos eternidades
desde la canaleta roja al puente,
Frente a la casa
las manzanas volvían a las remeras
como los canguros bebés a las bolsas de sus madres.
Y depositábamos el botín sobre la mesa para que todos comieran,
elegíamos un lugar para nosotros
sin hacer alarde ni aspaviento de la cosecha fácil,
ni la travesía de la doble eternidad sobre el lomo del agua
y nos quedábamos en el molde , loco, como el pelao Cun fú.
...Bien valga el recuerdo a don David Carradine (kung fu) y a los otros que hace rato no veo y soliamos de chicos ir a robar manzanas protegidos por el canal gande (Sapo, cabeza, tele, ceboya, carucha, yonca, oreja, el chepa, el pelusa y marciano)

martes, 12 de mayo de 2009

LETRAHUE (IV): CALENTAR LA PALABRA DONDE NACE EL FRÍO..

HOY: RELATO INÉDITO "PAISAJES" (LA PATAGONIA TE MARCA, COMO SI FUERA UN TATUAJE)



Imagen: Paso Cordova, ruta 6 camino al puente sobre el rio negro


La patagonia te marca, loco, como si fuera un tatuaje...
Eso me pasó hoy al sentir el primer frío en serio del año.
Por eso les regalo este relato inédito (de seguro, sujeto a reformas)
con todo mi amor para los cuatro o cinco lectores de este dignísimo blogcito.

...Hoy el paisaje me pintó por dentro. Grisecito claro, casi blanco estaba, como las volutas de humo que salen de los pulmones aburridos de las minas sin viaje en los cabarutos de la orilla de la ruta. Aguantando la esquina a las seis y media estaba, y el cielo, cuanto más cerca de uno más grande se parece. Claro, es mentira, ya me habían contado de chico que lo del “grandor” de cielo era verso.
Pero hay mentiras que sirven, dije en voz alta (en la esquina, cagado de frío) y pensé en casi ningún enamorado, y en casi todos los políticos… hay mentiras que sirven. Las mujeres con el guardapolvo de la fábrica, la maestra y los dos milicos que esperaban el bondi a esa hora, recularon… Se echaron un par de pasos para atrás y se miraron… y me miraron. Era claro que yo no hablaba para nadie (o para todos tal vez) pero me parece que les asustó ver mi epitelio grisáceo como la lluvia incipiente, como el cielo frío que me pintaba por dentro también… La Patagonia te marca. Ser de acá no es “probar suerte” El sur te planta, te respira, te pinta por dentro, loco. Las manos me calentaban el adentro de los bolsillos, y en el afuera uno respira soltando el aire despacito, para temblar menos en cada baile trémulo que el frío le marca a las mandíbulas.
El otro Bondi (si, son dos) hacia la zona rural me cambió el color, me replanteó un paisaje desde afuera para que adopten (y adapten) mis células de nuevo. Los hornos de ladrillo encendidos, los perales rojizos y los álamos dorados, los manzanos que no levantaron cosecha y están con los frutos huérfanos, asomando en los tallos como adornos navideños (ahora rojimarrones, ahora rojinegros)
No encuentro mi cara enfrente mío, en los vidrios del colectivo, pues soy el reflejo de eso que quisiera ver. Los demás me miran entre adormecidos de frío y asustados. Alguien que va sentado no es ningún alguien, es un reflejo de la ruta enmarcada por la fila estoica de los álamos sin hojas como un ejército de palo que custodia el camino. Es como una postal con ropa, cagándose de frío en el colectivo entre las chacras.
Respirando, si. Pero no gente, lugares nomás. ¿Cuál de sus brazos será el río? ¿Por donde respira si es todo imagen? ¿Por qué le vendieron boleto a un paisaje?
La gramilla congelada en la banquina, los sauces llorones sin verdor ni llanto, aflorando como fantasmas desde la niebla que levanta el río. La cortina de vapor oculta el fondo del paisaje y no se ven las bardas.
Entonces ya no me queda otra que ser niebla. Y eso soy cuando desciendo, a poquito nomás de la sala en que trabajo, un manojo de niebla, gramilla congelada, barda escondida entre la bruma, y primera lluvia entre los palos secos del otoño.
Hay una mujer con su crío en brazos. Vino, vaya a saber de donde, sorteando los surcos y cortando camino entre las chacras sin dueño para acortar el viaje. Mujeres parcas, de poco hablar, de la cabeza gacha y del no mirarte. Del no quejarse. Del aguantar.
Viene pintada también del color con el que trabaja, fruto, tierra, semilla. Mujer hacia adentro...
El pibito tiene la cara marcada por el frío, la punta de la nariz, pero mas que nada las orejas. El sabañón es rojo y pica al principio, después se seca y la piel se pone blanca y se cae, se deshoja. Me miró con la cara iluminada como si yo fuera un hado madrino y sonrió tan largamente que las boqueras se les pusieron tirantes. Abrí la sala y los convidé a pasar. La mujer estaba algo incómoda por la risa desvergonzada del chico.
- Recién no quería ni hablar y tanto que lo agarró de golpe ahora la risa ahora.
El pibe aspiró una bocanada para renovar oxigeno y seguir con la carcajada.
-Mirá- le dijo a la madre señalándome-se le ve el cielo, y la ruta, y el río.

Carlos Sandoval
Mayo 2009

sábado, 18 de abril de 2009

Letrahue 3

Una vez, amanecí...

En la edición Nº 8 de la revista digital "La Amanecida" se publicó este cuento mío, que acá traje para compartir. Eso si, tenés que sentarte a leerlo porque dura un rato....

La revista creo que está extinta, pero podés encontrar su rastro en
http://www.la-amanecida.rionegro/ (igual el enlace está arriba)

Bueno... ahi se las dejo. Que la disfruten
PD: Dejen su opinión que es gratis, anímense.

La Genoveva

- ¿Te vas a bañar, Genoveva?
- Mi marido anda afuera
- Que venga y se bañe, entonces
- Que no quiere bañarse, le digo. Que quiere comer nomás.
- Vos conocés el trato, si no se bañan no hay ropa ni comida.
Genoveva sale dejando una estela de algo irrespirable y amargo en los pasillos. Afuera el marido, el de esta semana, espera sentado lejos de la sombra, pidiendo calor al sol incapaz y anémico de los inviernos, al que las nubes le dan permiso un rato para que asome a descongelar el pasto y los techos.
Genoveva y el Cabito gesticulan afuera, en el jardín del hospital. Se los ve y se los oye a los gritos. Ella lo empuja, él grita y larga una trompada endeble y borracha que impacta en el aire frío, en la nada. Genoveva bufa un insulto resoplando vapor en el rostro del pordiosero que menea la cabeza en un inconfundible y mudo gesto de negación. La jauría que los acompaña se revuelve. Los perros irritados muestran los dientes con los pelos del lomo erizados. Hay bocinazos de los que ingresan al hospital y los que van saliendo también rezongan que – “Como es posible que nadie hace nada con esta gente, che. Es un peligro esto... y los perros encima...”-
Marta, la enfermera de los ojos claros, los ve desde la ventana y sonríe. Ella tenía un acuerdo de palabra con los pedigüeños despojados de toda costumbre urbana. A cambio de que se den un baño higiénico y se dejen despiojar un poco, les ofrecía alguna pilcha recién donada y una bandeja de comida robada al comedor del hospital.
Solían llegar tímidos y hablando bajo. A veces de a dos para apechugar la mezcla de miedo y repulsa a la institución (a cualquier cosa instituida)
Preguntando -¿tá la Martita?- esperaban la respuesta haciéndose chiquitos contra alguna pared mirando al piso y sujetándose las manos sobre el abdomen, como meditando alguna cosa para no mirar a nadie. Y así, afeitados, con la sarna recién curada y sin llenar los pasillos con el penetrante vaho ácido que emana de los cueros teñidos de orín añejo, conseguían que el sereno los dejase dormir en algún banco de cemento del hall central, porque afuera la helada mata los dedos de los pies y llena el pellejo de sabañones.
-Te vas a cagar de frío, pelotudo -gruñó Genoveva
-Que se bañen las mujeres -concluyó Cabito Ferreira- Total yo como acá y después duermo afuera.
-Que la Martita no te va a dar nada si no te bañás, te digo. Te vas a morir como el Albino - Genoveva pegó donde dolía alumbrando miedos escondidos al invocar al frío y la muerte, aunque la preocupación mayor de los dos fuera lo primero y no lo otro.
El albino fue un ucraniano – polaco – alemán - ruso o cualquier nacionalidad que le adjudicaran aquellos que decían conocerle algún origen, sin que nadie jamás pudiera acreditarlo. -Vino escapando de una guerra -decían. O que era un hacendado muy rico al que una peste le llevó la familia entera. Se caminaba el pueblo con un canasto de mimbre en el bracete, que adentro tenía un par de ristras de ajo y unos cuantos huevos desperdigados. Lucía unos dientes grandes y amarronados, la nariz prominente llena de puntos negros y la mitad de la boca eternamente ocupada por un cigarro tipo habano, grisáceo y reseco, al que muy rara vez vi prendido y humeando. En su cocoliche típico de inmigrante que nunca pudo formar el paladar para la lengua castellana, se animaba con pregones trémulos y afónicos
- “!Boibo!... ¡Ajo!” -y cantaba entre carraspeos melodías de un idioma indescifrable, de un lugar que alguna vez fue suyo.

Todo en ellos llama la atención a uno cuando es chico, pero el albino era un capítulo aparte. Bueno y sensible como un ángel. Mugriento y feo como un demonio. Un lastimoso y querible esperpento de persona. ¡Un croto ilustre de la puta madre, hermanito!
...Se murió de frío en una helada después de vaciar la petaca que se escondía entre las ristras de ajo y los huevos que llevaba en el canasto de mimbre. Salió en el diario, con letras chiquitas y sin foto, abajo de una propaganda de pomada para zapatos.

Cabito Ferreira espantó la amenaza del mal recuerdo con una coartada irrefutable
-Tengo los perros -dijo.
Los perros se les pegaban incondicionales y piadosos para compartir los restos de alguna bolsa de basura, o amontonarse a dormir bajo la helada. Cuando el frío apretaba los huesos, el Cabito, la Genoveva y otros como ellos se apilaban enroscados como en una orgía, y los perros se echaban encima formando una pirámide indigente de almas, trapos, pelos, garrapatas y mugre. Así pasaban la noche de un tirón con sábana de perro. Despertaban con frío, pero vivos, reacomodando los diarios que bajo el pulóver calientan la piel y rezongando por el goteo de la matriz de una perra alzada, cuyo perfume cargarán como una maldición, pateando a cuanto perro se les acerque con el miembro erecto a buscarles una pierna donde bambolearse hasta que el olor de la perra se vaya. A la noche siguiente, la hembra alzada y el séquito de perros volverán a entibiar el sueño de ellos.

Genoveva entendió que su marido, el de esta semana, no se iba a bañar por un poco de comida caliente, no esta vez. Lo dejó solo en el jardín del hospital, se encaminó a pedirle a la Martita un pedazo de pan y dedicó al cabito una frase de despedida entre dientes - Andáte a la mierda -

... Dentro de un rato ya no se van a acordar que pelearon. En algún costado al cubierto del frío, en el edificio que está frente al hospital y que nunca se terminó de construir, el Cabito va a prender fuego en un tacho y la Genoveva va a convidarlo con un pequeño bulto marrón-verdoso que él adivinará por el olor que es una factura. Entonces amontonarán papel de obra y cartones como haciendo un nido, mientras van llegando otros como ellos a medida que cae la tarde y empieza el frío, para apilarse a dormir entre los perros, que con la noche vienen a templarles el sueño...

Carlos Sandoval
Roca, Patagonia argentina
Otoño 2003

jueves, 9 de abril de 2009




Letrahue, calentar la palablra donde nace el frío (2).

HOY: Oleo mestizo (Parte uno) *


Óleo mestizo


He visto en sueños
una mujer cobriza,
cuyos ojos eran como el paisaje,
entre terroso y verde de las bardas junto al río.

He visto en sueños una mujer
capaz de sentir tocando el suelo
las huellas del exilio de los anarquistas,
los peones tuberculosos de campear ganado entre la nieve
Las orejas mutiladas, las mujeres de los pechos secos



y los niños arrebatados de sus regazos.

He visto una mujer capaz de decir sin decirlo,
que la patagonia respira
y la palabra del suelo renace al conocimiento
silenciosos de sus hijos.

He visto en sueños una mujer cobriza
,
tan bella como la tierra pudiera concebirla
de espaldas de arcilla y tendida en el llano bajo el azul,
mirando a la muerte desde sus cálidos ojos pardos



Carlos Sandoval



26/08/92




*Tuve el honor de que esta poesía fuera publicada por la revista "Gira-Girasol" , quienes desde hace ya unos cuantos añitos desparraman cultura y pensamiento, de difusión gratuita y de mano en mano. Ahora quería compartirla con toooodos ustedes.

PD: La foto es propiedad del blog. Es nuestro canal grande en abril del 2005. Pueden bajarla y disponer de ella libremente, sin olvidarse quien te la dió ¿ok?

miércoles, 25 de febrero de 2009

LETRAHUE (letra sur):
Calentar la palabra donde nace el frío.
Hoy "Las trenzas de la muerte""

La creo a veces cruzada de brazos,
apoyada contra el marco de la puerta de entrada.

Jugando sus dedos con la punta de su hermosa trenza morena
(ah señora, si usted la tuviera)
Esperando,
desde los tintes biliosos de su mirada,
desde el interminable frío de su postura cándida,
alguien que pueda a usted presentirla.

Alguien detrás de quien poder entrar
para pegarse a su espalda como una caricia,
un beso, o un tatuaje.
Y dejar que la presientan.
(Porque he descubierto, señora Muerte, que suele
gustarle a usted, que a veces la presientan).

La presientan esperando,
desde lo interminable de su paciencia parca,
desde esa trampa irresistible
que es toda la luz de su espalda...


Fragmento de la novela "las trenzas de la muerte" que dio origen al corto cinematográfico del mismo nombre, que fuera estrenado en el "1º Encuentro Patagónico de Comunicacion y Cultura" en junio de 1999. Y en Noviembre del mismo año se presentó en Valdivia (chile) en el "Encuentro de culturas Sur del Mundo".
Un par de años después , los trabajadores de la salud y educación de Rio Negro, en una jornada de lucha conjunta hicieron una muestra de arte al aire libre, y cuando pintó la noche en la resistencia, en la plaza del canalito (frente a lo que hoy es la Gran Manzana) se proyectó la pelicula y me llenó de orgullo.
por: Carlos Sandoval
General Roca, Rio Negro
Marzo de 1999